”Toată lumea vrea să trăiască pe vîrful unui munte, fără să știe că adevărata fericire e în felul în care urci pantele abrupte spre vîrf.” Gabriel García Márquez


domingo, 22 de marzo de 2009

Huasipungo


HUASIPUNGO

Jorge ICAZA, 1934



Jorge Icaza (1906-1978) es uno de los autores sur-americanos que hace mucho que no necesitan ninguna presentación. Representante de la narativa indigenista del siglo XX, junto a otros grandes nombres como Alcides Arguedas o Ciro Alegría, Icaza no sólo fue un atento observador de la cruel realidad social quiteña/ecuatoriana, cuyos males ha criticado y denunciado en sus escritos, sino también una personalidad muy compleja. Su infancia, su trayecto personal, su historia de vida, han influenciado de manera decisívamente su obra, cuyo compromiso social-político es parte de una larga tradición intelectual americana.
Huerfano de padre con apenas 3 años y con una madre que pronto vuelve a casarse, el pequeño Icaza vive unos años en la propiedad de su tío, entrando en contacto por la primera vez con las capas sociales bajas, cuya humilde vida empieza a conocer. Años despúes, Icaza abandona sus estudios de medicina para dedicarse a escribir obras de teatro, cuyas temas políticas no tardarán en traerle conflictos con las autoridades. Sin embargo, el gran exito lo conoció Icaza a través de sus novelas, verdaderos documentos de denuncia, testimonios de la explotación de los indios, por los hacendados, y, a la vez, de la corrupción.
La voz de Icaza atravesó rapidamente las fronteras, llegando a ser muy respetada, sobre todo teniendo en cuenta el gran protagonismo político y social que el novelista tenía como fundador de la Casa de Cultura Ecuatoriana, agregado cultural a Buenos Aires, como director de la Biblioteca Nacional de Quito, y, muy importante, como embajador de Ecuador en la Unión Sovietica, Polonia y en la República Demócrata Alemana.
Representante del realismo social tan caracteristico a los años 30, Icaza plantea en Huasipungo tres temas principales, como la explotacion de los indios, la pobreza y la corrupción (en defavor de los mismo indios), describiendo en la novela 2 mundos totalmente opuestos, desarrollando un contratiempo histórico: las capas sociales altas, las capas con poder político y economico (autoridades, terratenientes), en cuya complicidad se encuentra la misma Iglesia, por un lado, y, por el otro lado, las capas bajas, los desafortunados de la jerarquía social, los huasipungos.
A constante merced del hacendado, los huasipungos (huasi= casa; pungo=puerta) reciben una parcela de tierra, de cuyos beneficios pueden disfrutar despúes de trabajar lo correspondiente para el amo. Sin tener algún derecho juridico sobre la parcela, los huasipungos quedan fuertemente vinculados a la voluntad del amo, que, tal como nos damos cuenta de la novela, puede decidir “limpiar de huasipungos” en cualquier momento, sin importar las protestas de los huasipungos.
Más que de una guerra se trata de un drama. Los huasipungos de don Alfonso Pereira, que cumplen con su deber ayudando en la construcción de un carretero para automóvil, confiando en sus promesas y en sus intenciones, en nombre de la modernización y de la civilización, se ven pronto obligados a pasar hambre y abusos de parte del mismo amo.
Las escenas que Icaza describe, con los huasipungos robando para comer o enterrar sus familiares, comiendo la carne de un buey putrefacto, o aguantandose los abusos del tuerto Rodríguez, y hasta la escena final del masacre, van más allá del realismo, acercando la escritura de Icaza al naturalismo. Icaza no podía crear un contraste más fuerte que el de una sociedad corrupta, frivola, lucha con una capa social casi prisionera de un sistema de esclavitud disfrasada bajo el lema de la fuerza civilizadora, dentro de un cuadro cruel y primitivo hijo de la más pura ficción.
A lo largo de toda la novela queda muy claro el iminente choque de los dos mundos. La familia de don Alfonso, aunque muy debilitada económicamente, y con un problema de honor al día (que hace que el odio hacia los cholos sea aún más profunda), representa al grupo social u economico dominante, cuyos negocios, como el que le propone el tío Julio, no conocen fronteras morales. Don Alfonso no duda en usar la mano de obra de sus huasipungos, teniendo presente desde el principios que al final, tendra que alejarlos de sus parcelas.
El cura lo ayuda ofreciendole legitimando sus acciones en frente de los huasipungos, cuya buena fe tarda mucho en darse cuenta de la realidad. El amo se aprovecha todo el tiempo de la buena fe de los huasipungos, cuya confianza e sentido del deber manipula constantemente: “los indios se aferran con amor ciego y morboso a ese pedazo de tierra que se les presta por el trabajo que dan a la hacienda. Es más, en medio de su ignorancia, lo creen de su propiedad (…). Allí levantan sus chozas, hacen sus pequeños cultivos, crian a sus animales”. Esperando a los americanos, que les ayudaría a llevar una mejor vida, preparados a darle la Bienvenida al Mr. Chapy (y he aquí una maravillosa coincidencia con le que pasaria dentro unas décadas con los paises que esperaban no a Mr.Chapy sino a Mr. Marshall), los indios, los cholos, los huasipungos consiguen de parte de Icaza un magnifico retrato de su pureza, de su inocente fe en el amo, en la llegada de una salvación, mientras que el amo, tal como lo describe Icaza, sólo ve en los huasipungos una mano de obra barata y fácil de controlar bajo la fuerza de los abusos y finalmente de las armas.
Gran admirador de los escritores rusos, de Gogol, Tolstoi o Dostoievsky, Icaza presenta a los huasipungos como nada más que unas almas muertas (para recuperar el título de la novela de Gogol), unas aves sin nido (el título de la novela de otra indigenista Clorinda Matto de Turner), casi unos productos, aunque ni siquiera unos esclavos, inmigrantes fuera de cualquier amparo de la ley.
Los retratos que Icaza hace a los personajes se merecen unas palabras. Frente a la dramatica situación de los huasipungos, liderados en la novela por la figura algo más fuerte de Andres Chiliquinga, sorprende la opción del autor en cuanto a la debilidad del retrato de don Alfonso Pereira. La imagen del corrupto terrateniente, del inmoral y abusador amo alterna desde el comienzo, con una imagen irónica, la de un Alfonso que tiene que obedecer, acercarse y sonreir, un Alfonso a merced del tío Julío, su acreedor más fuerte. En vez de presentar un Alfonso fuerte Icaza escogio destacar la complicidad en la que desemboca todo un sistema y una jerarquía.
La última escena de la novela, con el sangriente enfrentamiento entre los huasipungos y las fuerzas de Alfonso Pereira, deja el final en el aire, como una autentica tragedia griega, en que los heroes acaban sacrificando sus vidas por su huasipungo. La escena no da más de si, subrayando la originalidad de Icaza en dejar en el aire la tensión y el dramatismo de una situación que habla por sí misma y que no deja de esperar una solución.

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